Liberándote de tu Mente

Eckhart Tolle

Pregunta: ¿A qué exactamente te refieres cuando hablas de “observar al pensador”?

Eckhart: Cuando alguien va al médico y le dice, “Oigo una voz en mi cabeza”, con toda probabilidad le enviarán a un psiquiatra. La verdad es que, de un modo muy parecido, casi todo el mundo oye una o varias voces en su cabeza todo el tiempo: los procesos involuntarios de pensamiento… y el asunto es que no te has dado cuenta de que tienes el poder para detenerlos. Continuos monólogos o diálogos. Probablemente te has cruzado en la calle con personas “insanas” que hablan o murmuran incesantemente consigo mismas. Bueno, eso no es muy diferente de lo que tú o el resto de la gente “normal” hace, excepto que no hablas en voz alta. La voz comenta, especula, enjuicia, compara, se queja, aprecia, desprecia, etcétera.

La voz no guarda necesariamente ninguna relación con la situación en que te encuentras en ese momento; puede que esté reviviendo el pasado reciente o distante o ensayando o imaginando posibles situaciones futuras. Aquí frecuentemente imagina formas en que las cosas van a andar mal y posibles fracasos: a esto se les llama “preocupaciones”. A veces este registro de sonido se ve acompañado por imágenes visuales o “películas mentales”. Aún en el caso de que la voz guarde relación con la situación presente, la interpretará en referencia al pasado. Esto se debe a que la voz pertenece a tu mente condicionada, que es el resultado de toda tu historia pasada, así como de la particular perspectiva cultural y esquemas mentales que heredaste. De modo que ves y juzgas al presente a través de los ojos del pasado, y tienes así una visión absolutamente distorsionada de este presente.

No es poco común que la voz sea el peor enemigo de la persona. Muchos viven con un torturador en su cabeza, quien continuamente les ataca y castiga, y les succiona toda su energía vital. Esto produce sufrimiento, infelicidad y enfermedad.
La buena nueva es que sí es posible liberarte de tu mente. Esta es la única liberación verdadera. Puedes dar el primer paso ahora mismo. Comienza a escuchar la voz de tu cabeza tan frecuentemente como puedas. Pon especial atención a cualquier patrón repetitivo de pensamiento, esas viejas grabaciones del gramófono de tu abuela que probablemente han estado sonando en tu cabeza por muchos años.

A eso me refiero con “observar al pensador”, que es otra forma de decir: escucha la voz en tu cabeza, permanece presente como un testigo. Cuando escuches esa voz, escúchala de modo imparcial. Eso quiere decir: no juzgues. No juzgues o condenes lo que oyes, pues hacerlo implicaría que la misma voz ha irrumpido una vez más, esta vez por la puerta trasera. Pronto te darás cuenta de que allí está la voz, y aquí estoy yo escuchándola, observándola. Este darte cuenta de tu propia presencia, esta sensación de “Yo soy”, no es un pensamiento. Es algo que surge desde más allá de la mente.

Así que cuando escuchas a un pensamiento, estás consciente no sólo del pensamiento, sino también de ti mismo(a) mientras eres testigo del pensamiento. Ha surgido una nueva dimensión de consciencia. Mientras escuchas el pensamiento, sientes una presencia consciente tu yo más profundo detrás o debajo del pensamiento. El pensamiento pierde entonces su poder sobre ti y rápidamente se retrae, pues ya no estás dándole energía a la mente has dejado de identificarte con ella. Este es el principio del fin del pensamiento involuntario y compulsivo. Cuando un pensamiento se retrae, experimentas una discontinuidad en el flujo mental una brecha de “no- mente”.

Al principio, las brechas serán breves, quizás de unos pocos segundos; pero poco a poco se irán prolongando. Cuando estas brechas se presentan, sientes cierta quietud y paz en tu interior. Este es el inicio de tu estado natural de unidad sentida con el Ser, el cual generalmente es oscurecido por la mente. Con la práctica, la sensación de quietud y paz se profundizará. De hecho, sus profundidades no tienen fin. También sentirás una sutil emanación de alegría que surge desde tus profundidades: la alegría del Ser.

No es un estado de trance, para nada. Aquí no hay pérdida de consciencia, muy por el contrario. Si el precio de la paz fuese estar menos consciente, y el precio de la quietud fuese una falta de vitalidad y de alerta, entonces no valdría la pena buscarlas. En este estado de conexión interna, estás mucho más alerta y más despierto que en el estado en que te identificas con tu mente. Estás totalmente presente. Y esto también eleva la frecuencia vibratoria del campo energético que da vida al cuerpo físico.

A medida que profundizas en este ámbito de la no-mente como a veces se le llama en el Oriente percibes el estado de consciencia pura. En ese estado, sientes tu propia presencia con tanta intensidad y tanta alegría que, en comparación, todo pensamiento, toda emoción, tu cuerpo físico y todo el mundo externo se vuelven relativamente insignificantes. Y sin embargo, éste no es un estado egótico, sino desprovisto de ego. Esto te lleva más allá de lo que previamente llamabas “tú mismo”. Esa presencia es, en esencia, tú mismo; y al mismo tiempo, inconcebiblemente más grande que tú.

Lo que estoy tratando de transmitir aquí puede parecer paradójico o incluso contradictorio, pero no hay otra forma en que pueda expresarlo.

En lugar de “observar al pensador”, también puedes crear una brecha en el flujo de pensamientos, con sólo dirigir el foco de tu atención al Ahora. Tan sólo toma intensa consciencia del momento presente. Esto es algo que resulta muy satisfactorio hacer. De esta forma, alejas a la consciencia de la actividad mental y creas una brecha de no-mente en la cual estás enteramente alerta y consciente, pero no estás pensando. Ésta es la esencia de la meditación.

En tu vida cotidiana, puedes practicar esto eligiendo cualquier actividad rutinaria que, normalmente, sea sólo un medio para un fin; y entonces entrégale toda tu atención, de modo que se transforme en un fin en sí misma. Por ejemplo, cada vez que subas y bajes las escaleras en tu casa o lugar de trabajo, pon mucha atención a cada paso, cada movimiento, incluso a tu respiración. Permanece enteramente presente. O bien, cuando te laves las manos, pon atención a todas las percepciones sensoriales que se relacionan con esa actividad: el sonido y tacto con el agua, el aroma del jabón, etcétera. O cuando te subes a tu automóvil, después de cerrar la puerta, ház una pausa de unos pocos segundos y observa el flujo de tu respiración. Toma consciencia de una sensación de presencia, silenciosa pero poderosa. Existe un criterio enteramente seguro para medir tu grado de éxito en esta práctica: el grado de pacificación que sientes en tu interior.

Así pues, el paso más esencial en tu viaje hacia el despertar o iluminación espiritual es éste: aprende a des-identificarte de tu mente.